En este artículo invito a los lectores a reflexionar sobre varios temas relacionados con las distintas vivencias que la mayoría de nosotros hemos tenido con los caballos. Remarco la palabra “hemos”, ya que yo soy el primero que sigo planteándome las cuestiones que expongo a continuación.

La puerta por la que cada uno entra en el mundo del caballo determina la primera visión y condiciona los primeros aprendizajes que realizamos sobre estos animales. No es lo mismo empezar de pequeño en una hípica en la que se practica la equitación deportiva montando ponis, que iniciarse a través de un amigo que tiene como filosofía el bienestar de los caballos y que conoce “las técnicas” y los conceptos asociados a la “doma natural” o “equitación etológica”. Tampoco es lo mismo encontrarse con un primer caballo dócil, amable, respetuoso y bien entrenado, que empezar con un caballo poco sociable, mal educado y difícil de montar. Por tanto, es muy importante saber escoger el centro hípico o la persona que acabará siendo la responsable de nuestra primera experiencia con caballos.

Querer aprender y saber enseñar

Las personas que quieran aprender sobre caballos han de pensar que son seres vivos, con unas necesidades concretas y con una “determinada forma de funcionar”. Un caballo no es una bicicleta o una moto con la que experimentar la sensación de velocidad, sino un animal que requiere ser alimentado, cuidado, adiestrado y entrenado.

La formación ecuestre debería incorporar, ya desde el primer día e incluso antes de empezar a montar, la explicación de las principales pautas de comportamiento de los caballos cuando se relacionan con el hombre, además de explicar también como se relacionan los caballos entre sí y en relación al medio en el que viven.

La enseñanza de la equitación tradicionalmente ha sido muy mecanicista, basada en el aprendizaje motor y en la repetición, pero si además incorporamos aspectos de comportamiento como los antes mencionados y conceptos sobre la biomecánica del caballo, sobre todo cuando enseñamos a personas con capacidad de escuchar y ganas de aprender, formaremos a mejores jinetes y amazonas, a la vez que mejoraremos la relación entre hombre y caballo.

No olvidemos que serán nuestras experiencias vividas con los caballos, unidas a nuestra forma de ser y ganas de aprender, las que acabarán construyendo el tipo de relación que tendremos con estos animales y con la equitación.

¿Qué expectativas tengo con los caballos?

Antes de continuar con el artículo, me gustaría que los lectores respondieran internamente a las siguientes preguntas que planteo:

  • ¿Considero que montar a caballo es una actividad como lo puede ser ir al cine o conducir un kart?
  • ¿Entiendo qué es un caballo? ¿Qué espero de los caballos? ¿Qué tipo de relación quiero tener con mi caballo? ¿Considero que mi caballo es un amigo o un compañero de viaje, o un medio con el que alcanzar un fin?
  • ¿Qué tipo de caballo quiero? ¿Quiero un caballo de compañía? ¿Quiero un caballo de paseo? ¿Quiero un caballo de deporte? ¿Quiero practicar doma? ¿Quiero practicar salto de obstáculos? ¿Quiero un caballo polivalente?
  • ¿Cómo ha de ser mi caballo? ¿Quiero un caballo tranquilo? ¿Quiero un caballo con chispa? ¿Quiero un caballo para salir solo? ¿Quiero un caballo que pueda ir primero? ¿Quiero un caballo que pueda quedarse distanciado del grupo? ¿Quiero un caballo que si estoy un mes sin montarlo le pueda poner la silla y salir al campo sin preocuparme?
  • ¿Cuánto tiempo puedo dedicarle semanalmente a mi caballo? ¿Estoy dispuesto a aprender? ¿Estoy dispuesto a tener una actitud responsable con estos animales?

Podría haber planteado muchas más preguntas, pero creo que con estas el lector ya se habrá hecho una idea de la complejidad que implica relacionar distintos tipos de personas, cada una con sus aspiraciones, conocimientos, habilidades y carácter, con distintos tipos de caballos, teniendo en cuenta que las personas, igual que los caballos, nacen y se hacen.

Poner límites, aunque nos cueste

Cuando tenemos un caballo proyectamos en él unas determinadas expectativas. Queremos tener una buena relación con él y muchas veces no queremos provocar una situación que sabemos que puede derivar en un conflicto o en un malestar del animal, sobre todo cuando está con nosotros. Hay que ser consciente de lo que le permitimos, de cuándo se lo permitimos y de si aquello que le permitimos puede afectar en un futuro a nuestra seguridad, como en el caso de los dos ejemplos siguientes:

  • Consentimos por sistema que el caballo coma mientras lo montamos. Un día estaremos trotando y de repente el caballo verá unas cañas y se abalanzará directamente sobre ellas, parando en seco y provocando un desequilibrio que nos podrá hacer caer del caballo.
  • Consentimos por sistema que el caballo esquive los charcos del camino. Un día nos encontraremos con un charco que tapará todo el sendero. A la derecha habrá un precipicio y a la izquierda unas zarzas con un árbol inclinado hacia el poco margen que queda sin agua en el camino y por el que el caballo decidirá pasar, ya que no querrá precipitarse montaña abajo por el lado del barranco. Inevitablemente acabaremos pinchándonos con las zarzas y con un golpe en la rodilla.

Los caballos, debido a su naturaleza, sistemáticamente nos están midiendo y es muy difícil estar permanentemente en guardia, pero debemos ser conscientes de las concesiones que les hacemos.

Hay veces que el caballo no quiere

Muchas veces no somos capaces de observar que aquello que está percibiendo el caballo en un determinado momento puede afectar a su comportamiento. Seguro que la mayoría hemos escuchado la frase de que cuando un caballo no hace lo que se le pide es porque no puede, no quiere, o no sabe. El “no puede” es complicado de solucionar, el “no sabe” se soluciona enseñando, pero la mayoría de las veces el “no quiere” está condicionado por varios factores.

Hace unos días, tenía a mi caballo atado y quería limpiarle los cascos. Normalmente mi caballo me da las manos sin ningún tipo de dificultad, pero aquel día no quería y estaba inquieto, necesitaba moverse. Resulta que tenía insectos que lo estaban revoloteando. Si me daba una mano, ya no se podría mover con la misma facilidad. Lo importante es que en aquel momento fui consciente de lo que estaba pasando y pude escoger entre quitarle los insectos y continuar, cambiarlo de lugar, o forzar a que me diera la mano. Si hubiera insistido, ¿habría sido mejor o peor? Esta pregunta permite abrir nuevo punto de reflexión.

No tener miedo a equivocarse

Tomar decisiones acostumbra a ser mejor que no tomarlas, aunque algunas veces nos podamos equivocar. Cuando adiestramos un caballo, entendiendo que el acto de adiestrar comprende también gestionar y franquear dificultades, podemos encontrarnos con situaciones que mal resueltas pueden modificar la conducta del caballo en la dirección opuesta a aquello que intentamos resolver.

En el ejemplo del punto anterior, si el caballo siempre da las manos y únicamente delante de la situación planteada no las quiere levantar, si optamos por insistir y nos ponemos nerviosos, incluso agresivos con el animal, puede pasar que rompamos parte de la confianza que él nos ha otorgado y que a partir de ese momento ya no quiera dejarse atar en ese lugar, o que aprenda que si él no quiere levantar las manos, no habrá quién se las levante, reforzando con nuestra insistencia su “mala” conducta. Pero si no le pedimos que las levante, el caballo también podrá pensar que puede hacer lo que él quiere delante de situaciones más comprometidas. En este caso, quizás la mejor solución sería modificar las circunstancias: cambiar el caballo de lugar, distraerlo volviéndolo a cepillar y después continuar nuevamente con la limpieza de los cascos. Pero no siempre es posible reconducir la conducta del animal y unas veces acertaremos en nuestra decisión y otras veces nos equivocaremos, pero creo que siempre es mejor intentarlo, aunque se ha de estar especialmente alerta en aquellas situaciones en las que puede intervenir el miedo del caballo. Con los años y con la experiencia se aprende a detectar cuando un caballo “no quiere” por miedo o por tozudez.

En este apartado también me gustaría hablar de que algunas personas tienen a su caballo dentro de una burbuja y que cuando experimentan lo hacen con el caballo de otro. Creo que es un mal hábito y que lo bonito es intentar llegar hasta donde puedas con tu animal. Lo que no quieras para tu caballo, no lo quieras para los caballos de los demás.

La influencia del hombre en el comportamiento del caballo

Hay muchas voces que dicen que la interrelación entre hombre y caballo no es siempre buena y que por ejemplo, cuando nos referimos a la monta, son los jinetes o amazonas los que entorpecen el movimiento de un animal que ya sabe realizar de forma natural todos los ejercicios que se le piden, o que durante el manejo, ha sido la mano del hombre la que ha  propiciado que el caballo aprenda conductas que atribuimos como malas.

Independientemente de si tienen razón o no, la realidad es que, o hacemos uso del caballo, entendiendo que es un animal doméstico que ha vivido con el hombre durante miles de años, o dejamos a los caballos en libertad a merced de la selección natural. En mi caso, me inclino por la primera de las opciones.

Desde mi punto de vista, que creo coincidirá con el de la mayoría de las persones que tienen relación con caballos, existen unas determinadas pautas de comportamiento cuando estos animales se relacionan con el hombre y con el medio que los rodea. Podemos decir que aunque cada caballo es distinto y tiene sus propias particularidades, todos tienden a comportarse de la misma forma delante de los mismos estímulos. Que nadie me malinterprete cuando utilizo las palabras “tienden a comportarse”, ya que soy consciente de que la educación, las experiencias vividas, así como el carácter del animal, pueden influir en su comportamiento.

Aquellos a los que nos gusta montar a caballo, o simplemente estar entre ellos, aspiramos a tener una buena relación con estos animales. Además, estoy seguro de que no hay nadie que los quiera perjudicar a propósito. En general, todos hacemos lo que podemos, que más o menos coincide con lo que sabemos.

Ejemplos de conductas que atribuimos como malas

Veamos algunos ejemplos de esas “malas conductas” antes mencionadas y pensemos en nosotros cuando nos hemos encontrado delante de estas situaciones:

  • El caballo se aleja de mi cada vez que voy a buscarlo.
  • El caballo se me adelante constantemente cuando lo llevo del ramal.
  • El caballo se mueve continuamente mientras lo estoy preparando.
  • El caballo no deja que le levante las manos.
  • El caballo intenta morderme cuando lo cincho.
  • El caballo levanta la cabeza y rompe la cuerda con la que está atado cada vez que intento ponerle la embocadura.
  • El caballo se mueve cuando lo voy a montar.
  • El caballo se anticipa a lo que le voy a pedir.
  • El caballo recorta su trayectoria en la pista.
  • El caballo va siempre hacia el centro de la pista.
  • El caballo no quiere pasar una barra de tranqueo.
  • El caballo no quiera pisar un charco.
  • Mi caballo siempre quiere ir primero.
  • Mi caballo no soporta alejarse del grupo.
  • Cuando salimos de paseo y nos acercamos a la hípica mi caballo se pone nervioso y quiere volver más rápido.
  • Mi caballo se mueve y me acorrala mientras lo estoy duchando.
  • No puedo dar cuerda a mi caballo a mano derecha.
  • Etcétera.

¿Nos hemos encontrado alguna vez con alguna de estas situaciones? Si es así, ¿qué podemos hacer para evitarlas? ¿Podremos decir algún día que los caballos ya nunca más volverán a repetir alguno de estos comportamientos? No, ya que está en su naturaleza, aunque sea nuestra responsabilidad conocerla y trabajar para mejorar la relación entre ambas especies.

Alumnos de Cavalls Pintats.